Los días eran iguales: por la mañana llevar a los niños al colegio, ir a reuniones toda la jornada en el trabajo, volver a casa para discutir por algún motivo tonto con mi esposa, compartir algo con mis hijos, ir a la cama, dormir menos horas de las que quisiera para despertarme cansado a repetir lo mismo. Todo igual, durante meses, hasta que después de una junta, Juan me dijo que me invitaba a una cerveza premiada, “¿Una michela?”, pensé y le acepté de una la invitación. Quién iba a decir que a las tres de la tarde de ese miércoles iba a conocer a Tatiana.

 

En Candy House

Estaba en el lobby, con una falda que dejaba ver los músculos tersos y suaves de unos 20 años, “Yo no soy así, nunca he hecho esto”, le dije, y ella me condujo de la mano suavemente a una de las habitaciones mientras me repetía, “Tranquilo que no es difícil, usted se acuesta y yo me le llevo los males”.

 

Fue ella la que desabrochó mi correa, quitó la corbata, y de una manera lenta pero con maestría empezó a desabotonar la camisa con cuidado, dando un beso en la piel que iba destapando a su recorrido.

 

Llevó mi camisa a un lado y empezó a quitarse su ropa. Tatiana sabía qué movimientos hacer, cuándo hacerlos. Por ejemplo, sabía exactamente cómo arquear la espalda de forma que al voltearse, mientras se quitaba la camisa, su culo me invitara a olvidar las madrugadas, las pelas o el llanto de los niños. se acostó sobre mí en lencería blanca, y con la punta de sus pezones me fue recorriendo hasta bajar y succionar todos mis problemas, “¡Hijueputa, ¿qué es esto?!”, alcancé a gritar. Me dio pena saber que ya habíamos terminado, ella me miró y dijo, “No hemos ni empezado, tranquilito que yo sé cómo levantárselo”, mientras pasaba sus dedos por los labios para limpiarse la boca.

 

Se sentó enfrente mío con las piernas abiertas, diciendo entre gemidos cómo la tenía de caliente. Se masturbaba, apretaba sus tetas y me decía que fuera donde ella, que no la dejara allá sola, que viera cómo la tenía. Se puso en cuatro, me miró sobre su hombro para atrás y como por arte de magia él empezó a vivir otra vez, tan duro y dispuesto como a los 15. Me sentí confiado y me le fui encima sin pensar en nada, con algo de agresividad, le sujeté las manos a la espalda y ella me pidió que la tratara más mal, que le mostrara que era todo lo malo, que le enseñara a disfrutar.

 

Yo estaba absorbido por su piel, por el sudor, por la facilidad con la que le decía, “Quiero esto”, y ella se mostraba dispuesta a hacerlo. Nunca me habían tocado como ella me tocó, ni se habían movido sobre mi como ella lo hizo. Un orgasmo, ¡un mega orgasmo!, que coronó su squirt sobre mis muslos.

 

Cuando salí, Juan estaba en la barra esperándome con una cerveza, “Ya tuvo la sorpresa, aquí está la birra”, me dijo. Volvimos a la reunión que quedaba. Esa noche llegué a mi casa con el ánimo en punta, la energía me dio para jugar con mis hijos, conversé por horas con mi mujer y luego, recordando toda esa energía vital que me ayudó a redescubrir Tatianita, le rompí la pijama a mi esposa y le enseñé todo lo que había aprendido esa tarde en la que descubrí un método mucho más efectivo que la terapia.

 

Para terminar, y quiero presumir: ni los bebés duermen tan bien.

2018-06-26T02:09:25+00:00abril 13, 2018|